Claudio Rodríguez - imagen de la Fundación Juan March

A comienzos de los noventa, en plena vorágine del grunge, descubrí a Claudio Rodríguez. Se trataba de un encuentro literario en la vieja Biblioteca Pública. No recuerdo muy bien si recitó poemas, si comentó alguno de sus libros, si se trataba de un homenaje por sus recientes reconocimientos públicos. Era muy pequeño. Lo que sí recuerdo es que dijo, refiriéndose a mí y a mi amigo Arturo, compañero del colegio, que la poesía necesitaba muchos lectores jóvenes como nosotros para que no se extinguiera, para que los poemas siguieran su curso natural y avanzasen de boca en boca, de página en página.

Lo que sí recuerdo mejor es aquel verano de 1999. Claudio Rodríguez acababa de fallecer en Madrid y los periódicos ensalzaban su figura, su aportación a la poesía española. Defendían su proverbial debut con aquel ya legendario Don de la ebriedad, escrito con apenas 17 años y que le valió los aplausos de la crítica del momento. Esa misma semana, después de juntar el dinero de las propinas familiares, fui a Semuret a comprar su Antología poética, publicada por Tusquets. Mil y una veces subrayada, anotada, desguazada.

Leí mucho a Claudio por aquellos años. Disfruté de sus versos finos y certeros, de sus rimas apenas perceptibles, pero de tanta belleza y perfección. Amé mucho a Claudio Rodríguez con apenas 20 años. No era frecuente encontrar personas tan jóvenes defendiendo y divulgando su poesía.

Claudio Rodríguez en su biblioteca
Mirador del Troncoso en Zamora con la imagen de Claudio Rodríguez

Tras unos años apartado volví a enfrentarme con su infinito Don de la ebriedad. Después de escribir amor.txt necesitaba alejarme de las vanguardias y de la poesía joven. Necesitaba volver a aprender el oficio, escribir desde una óptica más humana y natural. Perdí la pista de la poesía de hoy, pero gané emoción y sustento poético.

Desgrané aquel libro. Lo trituré. Subrayé todos los versos de altura y confié en impregnarme de su esencia. Aprendí a caminar por el campo y a pensar en metáforas. Intenté abandonar la telefonía móvil y refugiarme en la simiente y el grano. Fany siempre me hablaba de las plantas con conocimiento, con la ciencia de su lado. Y yo escuchaba mientras metíamos nuestros pies en el barro y surcábamos nuevas rutas que desconocíamos hasta entonces.

Transcribí decenas de versos escondidos en mis cuadernos y tomé prestados algunos de los hallazgos de Claudio. Pensé que no existía mayor homenaje que hacer caso de sus palabras aquella tarde en la Biblioteca. Pensé, por otro lado, que no existía nada más punk que reivindicar una figura clave en la poesía española contemporánea. Anhelé colocar a Claudio sobre la mesa de novedades y que los lectores jóvenes descubrieran lo mismo que yo sentí hace ya casi veinte años.

Y entonces me di cuenta de que Claudio Rodríguez nunca se había ido. De que nunca había sido olvidado del todo, de que su poesía estaba presente para muchas más personas. Y, lejos de sentir miedo o de caer en la arrogancia más pueril, traté de combinar los ingredientes. Será la crítica la que coloque este Donde la ebriedad en su justa dimensión, pero el ejercicio ha sido muy divertido e intenso. Una gota de tradición por cada gramo de vanguardia. Una imagen de labranza por cada código html. Una de cal y otra de arena.

Ensoñación by CLaudio Rodríguez

Dos poéticas enfrentadas, dos formas de observar la misma ciudad, los mismos sentimientos, el mismo río Duradero y la misma claridad que siempre, siempre, viene del cielo. Apenas un espacio en el medio de una palabra puede suponer reivindicación y homenaje, fuego y olvido, pasión y viaje, asesinato y aplauso. Por eso el título, por eso hoy, aquí, también Claudio. Siempre Claudio. Y nunca. ¿En qué punto/ termina la sorpresa y comienza/ el secuestro?/ Brindemos con el alcohol eléctrico del rayo.